Por estos lares, la palabra castizo es utilizada en la mayoría de las ocasiones para señalar a alguien trasnochado o seguidor de costumbres tradicionales. Se emplea en muchos casos como algo peyorativo o incluso burlesco. Sin embargo no se me ocurre ninguna palabra más apropiada para denominar, en el idioma en que mejor me desenvuelvo, a los que forman parte de la vieja guardia del folclore anglosajón de Norteamérica. Mientras escribo estas líneas, me vienen a la mente ilustres castizos yanquis. Se da la circunstancia de que en los últimos años han vuelto a reverdecer laureles viejas glorias de este linaje. El empuje y el reconocimiento que las nuevas generaciones del country rock, americana o como quiera denominarse, han tenido hacia sus maestros, sin duda ha ayudado a que del viejo magnolio hayan vuelto a brotar nuevas flores. La figura de Johnny Cash y sus últimas grabaciones para American Recordings, de la mano del avezado Rick Rubin, pueden ser la punta de lanza de todos ellos. El mestizo Willie Nelson sigue en la brecha sacando buenos discos y realizando gran cantidad de colaboraciones con artistas de todo tipo. El último disco de Levon Helm es una obra magnífica, llena de sensibilidad y sabor a destilería ilegal. En las últimas obras de Haggard se respira a porche, a mahogany y a tarta de arándanos. El álbum Same Old Man de John Hiatt es una de mis discos favoritos del año pasado, una obra que te abre horizontes y despeja las nubes, dando paso a las grandes planicies hasta llegar a Grand Junction. El outsider J.J. Cale sigue sonando tan bien como en aquel Naturally o Trobadour de hace más de treinta años, que tanto inspiró a iconos como Clapton o Knopfler. Ni que decir tiene que los prolíficos Young y Dylan mantienen vivas sus carreras desde bastante antes de llegar yo a este mundo, y no tienen pinta de jubilarse en Florida de momento. Pero en esta ocasión le toca el turno de apostar fuerte, dando un puñetazo sobre la mesa, poniendo sus cartas boca arriba y mostrarnos la jugada ganadora, al forajido más lírico de la historia del cine, Kris Kristofferson.
Kris Kristofferson fue una de los iconos norteamericanos más importantes de los años setenta. Tanto su carrera musical, como sus trabajos cinematográficos, han tenido gran repercusión al otro lado del charco. Continuador del Sonido Nashville, aunque con letras más en la onda de Dylan que de Hank Williams, empezó como escritor de canciones para otras estrellas como Johnny Cash, Waylon Jennings o Roger Miller a mediados los años sesenta. A pesar de su limitada voz,
no hay discusión posible al afirmar que la escucha de sus tres primeros discos es de obligado cumplimiento para cualquier aficionado a la música country o de roots, que así queda muy cool. Sin embargo su carrera musical pareció palidecer a partir de los años ochenta, década puñetera para lo genuino y lo clásico donde las haya. Tras una larga travesia por el desierto, en 2006 nos sorprendió con un nuevo trabajo que volvía a poner de nuevo al forajido Kris a lomos del caballo. Ese trabajo titulado This Old Road, fue una buena piedra de toque para quitar las telarañas de sus botas gastadas, dar un poco de grasa de caballo al cuero de su silla de montar y preparar su trasero para las largas jornadas sobre un mustang salvaje. Ahora en 2009, y habiendo pasado ya 73 veces por el mes de junio, nos ofrece una pequeña joya titulada Closer To The Bone. Realmente el álbum hace honor a su titulo, ya que se trata de un trabajo que en la primera escucha te llega bien hondo, casi al elemento óseo. En la segunda intentona notas como este cruje y se astilla como la madera vieja del poche al vaivén de la mecedora. A partir de la tercera la cosa no tiene remedio, la voz quebrada y templada por el paso del tiempo de Kristofferson te llega
directamente al tuétano y se extiende por tu cuerpo como un veneno de mecha corta. Este álbum vuelve a estar producido por Don Was, que también ejerció de alquimista ambulante para Kristofferson en su anterior disco. Se trata de un disco grabado en directo de estudio, sin ningún tipo de pulimento ni abrillantador, para conseguir, en las palabras de sus autores, la mayor cercanía posible con el oyente. A fe que lo consiguen, si lo escuchas con detenimiento y cierras los ojos, notas la respiración del viejo vaquero en cada estrofa, la calidez de los viejos instrumentos e incluso el aliento a café y tabaco que se respira en el ambiente. Con este trabajo Kristofferson salda cuentas con su pasado, con su familia, con sus amigos y consigo mismo, en una época de su vida en la que la honestidad brilla sobre la vanidad. En esta obra, figuran en los créditos músicos como Rami Jaffee a los teclados, Jim Keltner a la batería, Stephen Bruton a la guitarra y mandolina y el propio Don Was al bajo. Todos ellos gravitan en torno a la guitarra, la armónica y la voz de Kristofferson, sin excesos ni virtuosismos huecos. Se da la circunstancia de que poco después de la grabación del disco Stephen Bruton, amigo intimo del propio Kristofferson, falleció, siendo esta obra un perfecto homenaje póstumo a ese gran músico norteamericano.
En el viejo magnolio del porche ha nacido otra flor llamada Closer To The Bone, el último trabajo de uno de los artistas pertenecientes al linaje más autentico del universo norteamericano. Una banda sonora digna de cualquier film crepuscular de Peckinpah. No encontrareis la perfección ni la excelencia musical en él, pero sí la esencia y la honestidad de un tipo que sigue necesitando la música para expresarse. Sin duda, la arruga es bella.
Closer To The Bone track 01
Starlight And Stone track 04
Good Morning John track 08
Let The Walls Come Down track 10




